miércoles, 27 de junio de 2012

Capitulo XL. Ingresada en un centro de desintoxicación




Paquita en una de sus actuaciones con su guitarra

La convivencia con Paquita cada día que pasaba se hacía más difícil para todos, habían pasado catorce años de nuestra lucha por sacarla del mundo putrefacto de las drogas y perdimos la esperanza por conseguirlo, pero a pesar de todo nunca perdimos la fe y seguimos adelante a sabiendas que era irrecuperable.
Un domingo que nos encontrábamos en la piscina con sus hijos nos avisó una señora de Caritas que nuestra hija pedía ayuda para ingresar en un centro de desintoxicación.
Fuimos a verla y la encontramos muy deteriorada, una vez más nos dispusimos a darle nuestro apoyo para que ingresara en un centro conocido como Proyecto Hombre en Zaragoza.
Aquella decisión de Paquita nos animó un poco y de nuevo creímos ver una luz en la oscuridad.
Pensamos que si conseguíamos sacarla del mundo oscuro que vivía  los años que le quedaban de vida los podría vivir junto a sus hijos y demás familia.
Todos los fines de semana nos desplazábamos con mi coche a Zaragoza (140 kilómetros) para verla y dejar a sus hijos en el centro durante cuatro horas para que los disfrutara como madre.
Hasta la llegada de la hora acordada para recoger a los niños paseaba con mi esposa por la ciudad sin tener claro a dónde dirigirnos.
Continuamos con aquella marcha durante los años que estuvo en proyecto hombre.
Cuando cumplió un tiempo según las normas del centro le dieron permiso para salir a la calle, pero la calle fue su perdición por no superar la prueba de fuego.
Ganó la partida su adicción a la heroína y arrastro a la familia hacia la locura. Hartos y apenados de tanto esfuerzo inútil estuvimos un tiempo sin saber nada ella.
Aparte de las cartas que escribía de tarde en tarde no sabíamos la vida que llevaba en Zaragoza, y de mutuo acuerdo con mi esposa decidimos no contestar sus cartas, pues nuestro corazón estaba dividido en dos mitades una de amor, y otra de rencor por el sufrimiento que nos dio durante tantos años.
Ante aquella situación tan dramática acordamos hacernos fuertes prevaleciendo el rencor en nosotros.
Uno de los días recibimos una carta de una monja desde un centro de enfermos terminales comunicándonos que se encontraba muy enferma y que por favor no dejáramos de visitarla.
En este momento tan doloroso prevaleció el amor de padres y nos pusimos en camino aprovechando que estaba mi suegra y José en casa.
Fuimos recibidos por una monja de aquel centro y nos condujo a la habitación que se encontraba Paquita. Al verla su madre y yo nos miramos con miradas interrogantes, estaba tan deteriorada que no la reconocimos y dudemos por un momento si era ella.
Besamos a nuestra hija llorando desconsoladamente. Paquita y la monja trataron de apaciguar nuestra tristeza, pero nuestra pena era grande y no lográbamos controlarnos.
La monjita se dio cuenta que mi pañuelo estaba empapado y me dio uno de repuesto.
Mi hija dirigiéndose a nosotros dijo:
Sabía que al final vendríais, tardasteis un poco pero no importa, lo importante es que estáis aquí conmigo, ahora os esperare en otro sitio y espero que tardéis mucho tiempo.
Sus palabras me hicieron entender que era consciente que se estaba muriendo y lo asimilaba con resignación.
En aquel momento me quedó la duda si podiamos haber hecho mas por ella y me sentí un poco culpable apesar del sufrimiento que nos habia dado a todos.
Soy consciente que he tenido errores en mi vida, pero que también he tenido un borrador para corregirlos y aprender de ellos, que la parte más importante es la que llevamos dentro para dejar nuestra huella en los que queremos y nos quieren.
Fui interrumpido de lo que pensaba por aquella monjita, cuando invitó a mi hija para que intentara dar un paseo con nosotros por el patio del centro, con ayuda de nosotros, ya que sola era incapaz de andar, después de dar la primera vuelta desistimos por carecer de fuerza para continuar.
La dejamos en aquel centro y tuvimos que regresar a Monzón para atender a mis hijos y nietos que habíamos dejado solos.
Poco después recibimos una llamada del centro que se estaba muriendo.
Nos trasladamos con mi hijo Juanjo a Zaragoza lo más rápido que pudimos y la vimos postrada en una cama en una lenta agonía.
No puedo expresar con palabras la tristeza al ver lo que sufría mi hija para morir, y me rompió el corazón en mil pedazos cuando dirigiendo su mirada casi apagada dijo a su madre.
Mama, quítame los pendientes y se los das a mi hija para que tenga un recuerdo de su madre.
Estas fueron las últimas palabras que escuche de mi amada hija y jamás las pude olvidar, no merecía tanto sufrimiento para morir, ya había sufrido bastante en su corta y precaria vida.
El día diez de julio del año mil novecientos noventa y cinco a los treinta y un años de edad acabo su sufrimiento para siempre en este mundo, le dimos sepultura en el Cementerio de Torrero de Zaragoza y con ella quedó enterrada una parte de mi vida que jamás podre recuperar.
Con la muerte de Paquita quedamos todos traumatizados, y aunque se suele decir que el tiempo lo cura todo no estoy de acuerdo con este dicho, es cierto que con el transcurrir del tiempo asimilamos que la persona que amamos se fue para no volver más, pero aunque físicamente no esté con nosotros nuestro amor perdurara siempre.
Pero a pesar de tanto dolor hay que seguir adelante, por los que quedan y por nosotros mismos, pues bien merece la pena seguir luchando para no defraudar a los que siguen con nosotros, ya que la vida es como si fuera un pequeño soplo en el viento, una intención en nuestro ser profundo, que actúa y nos da fuerza para seguir viviendo, es algo que no vemos, pero que sabemos que está ahí, y que nos da la fuerza necesaria para levantarnos cuando caemos, algo que nutre nuestros sentimientos y nuestra forma de ser, y aunque el camino a seguir no sea fácil, habremos de apoyarnos  los unos en los otros para poder seguir adelante y no perder la confianza en nosotros mismos, aceptando lo que no podemos cambiar, pero cuando hay algo que podemos cambiar, hay que intentarlo antes de que sea tarde, y en caso de equivocarnos sería bueno reconocer nuestros propios errores.
Fueron pasando años y mi nieto Israel llegó a su mayoría de edad, quería ser más libre y se independizó, yo pienso que en mi casa somos todos libres, pero es necesario que guardemos normas de de convivencia y respeto si queremos que la unidad familiar no se rompa.
Mi conciencia la tengo muy tranquila, cuando estaba en desamparo lo acogimos en casa y sacamos espacio de donde no lo había, lo educamos, lo alimentamos, y cuando estaba enfermo lo llevemos al médico. Y lo más importante, le dimos amor y cariño como padres.
El quiso llevar a cabo esta decisión y nosotros la respetamos.
En cuanto a Jorge, Alex y Raquel continuaron trabajando en lo que podían y según posibilidades, Tamara y Noemí en el colegio.










Capítulo I. Taberno en 1937, Almería (España)

DEDICATORIA   Portada libro Quiero dedicar mis memorias a las personas que me ayudaron en la desventura de mi vida, a m...