jueves, 5 de julio de 2012

Capítulo III. El regreso de mi madre y la muerte de mi padre. 1940




Aunque solo tenía tres años recuerdo la visita de una mujer vestida de negro cuando almorzábamos en casa de mi abuelo.
Transcurrido el tiempo supe que fue mi madre, pero en aquel momento de mi corta edad no era consciente de ello, se dirigió hacia mí con la intención de darme un beso, pero huí de ella y me refugié en las faldas de mi abuela, la separación entre ambos había dado lugar a que creyera que mi abuela era mi madre.
Pasados tres días del regreso de mi madre nació mi hermano Domingo, y poco después recibimos un telegrama notificando el fallecimiento de mi padre. Su enterramiento fue en una fosa común Sabe Dios dónde, y nunca tuvimos la oportunidad de llevarle un ramo de flores.
Pero a pesar del dolor por la muerte de mi padre nuestras lágrimas no fueron estériles, sirvieron para reforzar nuestra esperanza y no hundirnos en la desesperación, y aprendimos que las penas pasan y que siempre hay un nuevo día para que brille el sol, pero  también es verdad que hay momentos que sentimos que todo nos va mal, que nuestras vidas se hunden en abismos tan profundos que no vemos ni un resquicio para salir adelante, en esos momentos tan desesperados lo mejor que se podría hacer es tomar nuestro coraje y fortaleza y no cejar en nuestra lucha para salir adelante, pues bien vale la pena volver a sonreír por nosotros mismos y por los demás.   Ante la negativa de mi abuelo a vender una parte de su tierra para pagar las deudas contraídas, a mi madre no le quedo otra alternativa que malvender una parte de tierra heredada  de sus padres en Santopetar, quedándose casi en la ruina y sin recursos económicos para dar de comer a sus hijos, con el agravante de dejar la tierra que en vida arrendo mi padre en Los Herreros por no poderla atender. El único recurso para sobrevivir, fue sembrar algunos cereales en la parcela de tierra heredada del abuelo, más algunos jornales que hacía en otras fincas de vecinos. Dos de mis hermanas mayores se vieron forzadas a trabajar para los vecinos por la comida.
Mi hermanito y yo nos libremos por ser demasiado pequeños, pues en aquel tiempo de carencias alimenticias mi madre se vio impotente para alimentar a sus cinco hijos.
Mi abuelo nos volvió a demostrar su insolidaridad al oponerse a que nos lleváramos las cuatro cabras que de tantos apuros nos sacaron cuando vivíamos en Los Herreros y que además eran nuestras. En este caso mi madre mantuvo su firmeza a su pretensión y no permitió que se quedara con las cabras.
Nuestra situación económica se agravó más, hasta llegar al límite insostenible para nosotros, y en mayor medida para mi madre que padecía el sufrimiento psicológico de una madre cuando sus hijos le piden pan y no se lo puede dar.
Aunque era demasiado pequeño me quedan recuerdos de cuando mi madre trabajaba en aquellas fincas, y aprovechaba la hora de comer para ocultar un trozo de pan debajo de la ropa de trabajo, pues sabía que al regresar a casa encontraría hambrientos a sus hijos en espera de que les trajera algún mendrugo de pan para saciar su voraz apetito.
Uno de los días que mi madre se encontraba desesperada por no disponer de nada para darnos de comer, al llegar la noche nos dejo dormidos y salió de casa sin un rumbo determinado, y al pasar por un colmenar armándose de valor, le dio una patada a una colmena para llevar a casa los panales de miel, desde luego, con algunas abejas que le asestaron algún que otro aguijonazo. Su suerte fue que estaban adormecidas por el frío al ser la estación de invierno.
Otro caso de desesperación.
Temiendo que pudiéramos morir de hambre, esperó que se hiciera de noche para salir en busca de alimentos, al pasar por una casa de campo entro en un corral, y cogiendo un cordero lo asfixió para evitar el mínimo ruido, se lo llevó a casa y lo despedazó para ir dando a  sus hijos un poco cada día. Como estos casos podría ir contando innumerables y creo que no acabaría.
Fue pasando tiempo hasta que cumplí seis años de edad, y llegó la ocasión de empezar a trabajar pastoreando un rebaño de ovejas. Ésta fue la primera vez y por desgracia no sería la última, mi madre muy a pesar suyo tuvo que buscar aquel trabajo a cambio de la comida ¡Pero qué comida! No quisiera acordarme del sufrimiento pastando las ovejas por falta de recursos a mí corta edad.
No consigo acordarme del tiempo que estuve trabajando con aquel amo, pero daba igual, porque de irme con mi madre, me buscaba otro para que no muriera de hambre. (En aquella comarca, siempre que el asalariado se refiriera al patrón tenía que llamarle Mi amo)
Mis hermanitas continuaron trabajando en lo que podían a su edad, aunque algunas veces estaban más en casa que en el trabajo, obviamente todos deseábamos vivir con mi madre y, esperábamos que se originara alguna ocasión fortuita para abandonar el puesto de trabajo.
Con el esfuerzo de mi madre mejoró algo la situación, pero la mejora duró poco, nuestra situación iba a cambiar a peor e iba a suponer el principio del mayor sufrimiento para mi madre y hermanas, y en menor medida para mí que era más pequeño para comprender las desgracias que se avecinaban. 


Una instantánea  de la finca que poseía mi abuelo, en los años 40, se puede aprecia al fondo la Sierra del Madroño








Capítulo I. Taberno en 1937, Almería (España)

DEDICATORIA   Portada libro Quiero dedicar mis memorias a las personas que me ayudaron en la desventura de mi vida, a m...