jueves, 5 de julio de 2012

Capítulo VII. El reencuentro con mis hermanas.



Iglesia, puerta de entrada

Llegó el primer domingo de mi internado en aquella cárcel de niños y nos llevaron formados al estilo militar a la Iglesia para oír misa cantando canciones religiosas.
Recuerdo que una de las canciones decía así:
Era niño del albergue, del albergue tu misión, porque en el encontraras tu entera salvación. Bendito, bendito, bendito sea Dios, los Ángeles cantan y alaban al Señor.
Recién habíamos entrado en la Iglesia cuando vi entrar a un grupo de niñas dirigidas por dos monjas y entre ellas iban mis hermanas, todas vestían con uniforme y el pelo corto, según las normas del albergue/reformatorio lo llevaban corto para evitar los molestos piojos.
Al verlas empecé a llorar y me salí de la fila con intención de llegar hasta ellas para abrazarlas, pero el carcelero Ramón se percató de mi intención y salió tras de mi dándome alcance.
Me cogió de un brazo y me saco de la iglesia para azotar mi trasero con la porra que utilizaba para azotar a los niños.
Según el celador me había portado mal en la Iglesia al originar semejante escándalo y había cometido un pecado mortal, que tendría que purificar con privación de comida y confesarlo al sacerdote cuando hiciera la primera comunión. 
Después de recibir los azotes me obligo a pedir perdón y la promesa de guardar compostura y respeto en la Iglesia.
Con el cuerpo bien caliente volvimos a entrar a la Iglesia para terminar de oír misa, pero la misa que oí, fue con lágrimas en los ojos por estar viendo a mis hermanas a solo cuarenta metros y no poder darles un beso. Al salir de la iglesia y aunque no estaba autorizado, en un descuido del celador Ramón mis hermanas se acercaron a mí para besarme y consolar mi llanto.
Desde la distancia me queda el convencimiento de que no duro más de dos minutos el encuentro, pero fue suficiente para que sin que se dieran cuenta las monjas me entregaran el chocolate de algarroba que se habían privado de comer.
Me prometieron que siempre me lo darían y lo cumplieron, pues cada domingo al salir de la Iglesia aprovechaban algún descuido de los celadores y monjas para entregármelo, que aun sabíendo a tierra a mi me sabía a gloria.
Desde la actualidad, mi mente no deja de procesar aquellos recuerdos en el tiempo y me pregunta es ¡¡¡Como niñas tan pequeñas se privaban de comer para dárselo a su hermano.
La verdad qué no entiendo cómo a su corta edad prefirieron abstenerse de comer para que lo hiciera su hermano.


                               
Iglesia













Capítulo I. Taberno en 1937, Almería (España)

DEDICATORIA   Portada libro Quiero dedicar mis memorias a las personas que me ayudaron en la desventura de mi vida, a m...