miércoles, 4 de julio de 2012

Capitulo XVII. De vuelta a Almería, 1949


Tren de vapor en la posguerra de España




Finalmente y con mucho sacrificio, mi madre logro ahorrar un poco de dinero, y a pesar de no disponer para pagar todos los pasajes afrontó el riesgo para regresar a la tierra de origen, mi hermana rosa y yo embarquemos de polizones debajo de los asientos del tren por ser los más pequeños, mientras que mi hermana Isabel y mi madre viajaron con los correspondientes pasajes.
Por falta de dinero, mi hermana Mª Dolores tuvo que quedarse en Valencia trabajando de empleada de hogar, con una familia que no le importó explotar a una niña de tan solo quince años a cambio de casi nada, con el único apoyo de las  cartas que le escribía mi madre y que casi siempre recibía con retraso por las malas comunicaciones de la época.
Como no disponíamos de equipaje para llevar viajamos solo con la ropa que llevábamos puesta.
No me gusta recordar lo que lleguemos a sufrir en aquel largo viaje, encajonados debajo de los asientos de madera del tren de aquella época sucio y lento. Cuando llegamos a Huércal-Overa salimos de debajo de los asientos encorvados creyendo que habíamos perdido la facultad de andar.
El viaje hasta Santopetar donde residía mi abuela materna lo realicemos andando, ya que al no avisar a la familia de nuestro regreso nadie nos esperaba.
Después de andar unos catorce kilómetros y con un calor abrumador de verano llegamos a la casa de mi abuela materna.
Pero lo que menos esperábamos era encontrar la casa vacía en estado de abandono. Preguntamos a uno de los vecinos por su paradero y dijo que hacía tiempo que mi tío José Antonio se había llevado a su madre y a mi hermano a la cortijada de Los Mundos a vivir con él, ya que su avanzada edad le impedida cuidar de mi hermano.
Enterado mi tío de nuestro regreso vino en nuestra busca y nos trajo algo para comer. Ese algo se componía de algo más de un cuarto kilo de jamón, pan, higos y almendras.
Con el hambre que arrastrábamos por no tener para comer durante el largo viaje por falta de dinero, pronto dimos buena cuenta de todo lo que había traído. En lo que respecta a mí me supo a gloria, ya que de oídas había oído que existía el jamón, pero yo no lo había visto nunca. Aparte de este detalle, mi tío nunca se portó bien con nosotros.
Una vez que merendamos, nos invito a su casa para ver a mi abuela y a mí hermano. Allí pude ver a mi abuela muy anciana y deteriorada por los años de sufrimiento.
Mi primera impresión fue que no coordinaba. No obstante, nos reconoció y nos abrazó llorando al mismo tiempo que pedía la llave de su casa para que fuéramos con ella. En realidad no era consciente del tiempo que llevaba viviendo con su hijo y creía estar de visita. Él trató de salir de este problema con mentiras piadosas quitándole aquella idea de la cabeza. Pero mi abuela seguía insistiendo y no había forma de acallar su llanto.
En cuanto a mi hermano, apenas no nos reconocía por los años de separación y nos miraba como a unos extraños.



























                          




Capítulo I. Taberno en 1937, Almería (España)

DEDICATORIA   Portada libro Quiero dedicar mis memorias a las personas que me ayudaron en la desventura de mi vida, a m...