martes, 3 de julio de 2012

Capitulo XXX. A Barcelona. 1960



Sin apenas equipaje para llevar subimos al tren con dirección a Barcelona. Una vez que llegamos nos dirigimos directamente a Rubí, localidad en la que reside mi hermana Isabel.
Tanto mi hermana como cuñado nos recibieron con los brazos abiertos para ayudarnos dentro de sus posibilidades.
A la semana siguiente mi cuñado me encontró trabajo y ofreció su casa para que nos quedáramos a vivir hasta que pudiéramos encontrar vivienda.
Desde mis años vividos pienso el esfuerzo que tuvieron que hacer para acomodar dos matrimonios en una casa tan pequeña. Sin duda siempre les estaré agradecido.
Como en la casa había poco espacio pensé que lo mejor para todos  seria  buscar nosotros mismos una vivienda, mi hermana y cuñado habían hecho por nosotros lo que podían dentro de sus posibilidades.
Hay un refrán que dice Dios aprieta pero no ahoga, efectivamente, mediante la mediación   de un tío de mi esposa que vivía en Ripollet encontremos una habitación con derecho a cocina. Igualmente encontré trabajo en la construcción, por lo que nos trasladamos a dicha localidad.
Respecto al matrimonio que nos realquiló la habitación, permítame el lector que omita sus nombres, y es que de aquellos señores no puedo relatar nada bueno, pues mientras ellos pagaban de la casa quinientas pesetas, a nosotros nos cobraban trescientas por una habitación pequeña, y eso no era todo, esta señora abusó de la buena fe de mi esposa haciéndola trabajar para ella como si fuera su criada, pero su osadía aun fue  amas, nos sustraía una buena parte de la comida que comprábamos, llegando hasta el extremo de robarnos la cartera con el dinero que había cobrado, único disponible para alimentarnos  aquella semana.
Ni siquiera tuvo la delicadeza de devolver el DNI, causándome graves problemas para solicitar uno nuevo al no acordarme del número, ya que según la policía no constaba en los archivos del Ministerio del interior que tuviera documento nacional de identidad, por lo que decidieron que lo solicitara de nuevo como si fuera la primera vez.
Nuestra intimidad en la habitación era nula. Aquella mujer carecía de ética y de moral, llegando hasta el extremo de llevarse alimentos de la tienda en  nuestro nombre.
Quien lo pasaba peor era mi esposa, ya que yo me iba a trabajar, y menos domingos y días festivos estaba casi siempre ausente.
Si la convivencia con aquella señora era mala, en el trabajo no me iba mejor, tenía que  trabajar de sol a sol para cobrar la miserable cantidad de quinientas pesetas semanales y  servir a dos albañiles al mismo tiempo.
Mi trabajo era agotador al no disponer de las herramientas adecuadas y hacerlo todo manual, con la particularidad de que trabajaban a destajo para sacar más rendimiento, mientras que a mí me pagaban un sueldo de miseria.
También carecía de protección a la Seguridad Social, por lo tanto, en un supuesto caso  de enfermedad al no pagarme no tenía dinero para médicos y menos para medicinas, y esto no era todo, cuando trabajábamos a la intemperie y llovía fuerte quedaba en casa sin trabajar hasta  escampar.
Al poco tiempo mi esposa sufrió un aborto, con el agravante  que aquella semana no paró de llover y no pude trabajar. Avisamos a un médico sin saber con qué dinero le íbamos a pagar, pero mi esposa estaba grave y no teníamos otra opción. El dinero lo buscaríamos suponiendo que alguien de la familia lo prestara. No obstante, y para nuestro alivio el doctor se portó bien con nosotros, y sin saber si iba a cobrar no dejó ni un solo día de visitar a mi esposa.
De nuevo quede en paro por la dichosa lluvia, desesperado ante mí grave situación por no disponer de medios para sobrevivir me dedique cada día a buscar trabajo, mi deseo era disponer de un trabajo que aunque lloviera no dejara de cobrar el dinero que tanta falta nos hacía y tener protección de la Seguridad social en caso de enfermedad.
Después de recibir el no en varias empresas pasé por una calle que había una fábrica de baldosas.
Entré para pedir trabajo y por casualidad del destino me atendió el mismo dueño, le conté la situación caótica que estábamos pasando por falta de trabajo y me preguntó:
-¿Cuándo te interesa incorporarte?
Sin dejar que terminara la frase dije:
Mañana mismo señor, para mi sorpresa me dijo que si podía empezar aquella misma tarde a las dos, rápidamente contesté, - Aquí estaré puntual.
Las condiciones laborales fueron, quinientas pesetas a la semana y seis pesetas cada hora extra. Aunque lo más importante fue, que a partir de aquel día nunca me falto la protección de la Seguridad Social.
Satisfecho y contento me fui a casa a darle la buena noticia a mi esposa.
Trabajando para Navinés, que así era como se llamaba la empresa, nuestra economía mejoró notablemente, el salario nos llegaba para pasar la semana y evitar apuntar la compra en la tienda.
Como la convivencia con la dueña de la casa se hacía cada vez más difícil debido a su comportamiento con mi esposa empezamos a buscar otra vivienda.
En aquel tiempo (1960) buscar vivienda era como buscar una aguja en un pajar por la afluencia de personas del resto de España a Cataluña, lo único que encontré fue una pequeña habitación que ni siquiera reunía las condiciones de habitabilidad. Supongo que mediría 14m2 en aquel espacio tan reducido se distribuía dormitorio, cocina, y comedor, el aseo era comunitario y había que compartirlo entre varios vecinos.
A pesar de los inconvenientes para nosotros fue una gran mejora, al menos teníamos intimidad y no nos robaba nadie.




Capítulo I. Taberno en 1937, Almería (España)

DEDICATORIA   Portada libro Quiero dedicar mis memorias a las personas que me ayudaron en la desventura de mi vida, a m...