jueves, 5 de julio de 2012

Capitulo V. Internados en un Albergue por el Tribunal Tutelar de Menores en San Francisco Javier (Valencia)







Puerta de entrada al complejo de San Francisco Javier.
Después de tantos avatares los dos policías que nos detuvieron dijeron que nos internaría en un colegio para que nos cuidaran, pero antes nos llevarían a asearnos a unas duchas municipales. ¡Qué mentira más piadosa lo del colegio!
Cuando llegamos a las duchas uno de los encargados me cogió de un brazo intentando a la fuerza separarme de mi madre para conducirme a la ducha de hombres, llorando opuse resistencia, pero mi lucha fue inútil ante la fuerza del hombre.
En la ducha quedé traumatizado, ya que además de ducharme me sometió a tocamientos en mis genitales.
Imagine el lector el sufrimiento de un niño de ocho años al no comprender lo que pretendía aquel degustador de niños.
En un descuido por su parte conseguí huir y salí corriendo sin un rumbo determinado por uno de aquellos pasillos, llegando por casualidad a las duchas destinadas a las mujeres. Lo que vieron mis ojos fue desagradable, todas las mujeres incluida mi madre se encontraban desnudas, y vociferaban en voz alta mientras cubrían sus partes íntimas con las manos.
¡Ese niño! ¿Qué hace ese niño aquí?
Al verme mi madre llorar intentó dirigirse a mí encuentro para consolarme, pero la encargada lo evitó y me entrego  de nuevo al pederasta.
Afortunadamente para mí terminó de ducharme y no tuve nada que temer por parte de aquel sinvergüenza.
A partir de aquel momento perdí el contacto con mi madre, y durante un largo periodo de tiempo que casi no recuerdo no la volví a ver.
Una vez aseados vinieron otra vez los dos policías que antes nos habían acompañado para internarnos en el supuesto colegio, y digo supuesto, porque resultó ser un Albergue/ reformatorio que el Tribunal Tutelar de menores tenía reservado en el interior del recinto del colegio de San Francisco Javier para internar a niños delincuentes, si es que se puede llamar delincuentes robar para sobrevivir y subirse en el parachoques del tranvía para viajar sin billete.
Uno de nuestros acompañantes pulsó el timbre e hicieron acto de presencia dos monjas y un hombre. Le entregaron unos papeles y después que se hicieron cargo de nosotros se despidieron.
Aquí empezó el calvario que nunca logre desterrar de mi mente.
Aquel hombre se dirigió a mí y me dijo, sígueme-haciendo las monjas lo propio con mis hermanas, ya que por distención de sexo las niñas ocupaban departamentos diferentes.
Un recuerdo que perdura en mi subconsciente y que nunca logre desterrar fue aquella separación salvaje de lo que más quería en el mundo después de mi madre, mis hermanas¡¡¡
Opuse resistencia negándome a separarme de ellas y lloré desconsoladamente, aunque mi esfuerzo fue en vano, aquel hombre me cogió de un brazo y me condujo al reformatorio.
Entramos en un patio que supongo que mediría unos 200m² y observe aproximadamente unos sesenta niños que jugaban alborotando con sus gritos aquel recinto.
Todos eran mayores que yo.
Al fondo del patio vi a un hombre sentado en una silla que leía un periódico. El hombre que me acompañaba me dejo solo un momento para entregarle unos papeles, y empezaron hablar al mismo tiempo que me miraban, supongo que de mi ingreso. De repente algunos niños me acorralaron y dándome empujones empezaron a burlarse de mi llanto.
Por suerte para mí, aquel señor del periódico se dio cuenta de mi situación y vino en mi ayuda sacándome del apuro.
Después de reprimir a los niños trató de consolar mi llanto sin conseguirlo.  
Más tarde supe por mis compañeros que el que acudió en mi ayuda le llamaban el “señor Valentín” y de él guardo muy buenos recuerdos, por ser una buena persona. Sin embargo, no puedo decir lo mismo de uno de los celadores que más tarde iba a conocer. Le llamaban el “señor Ramón” y era muy cruel con los niños.
El señor Valentín me dijo.
No llores más y vente conmigo, que te daré un traje limpio.
Le seguí sin dejar de llorar y me condujo a una salita que hacía de vestuario. El traje era un mono de los que suelen llevan los mineros para el trabajo, más una camisa de rayas, unos calzoncillos y zapatillas blancas. Con frío, o calor, sería el vestuario que tendría que llevar durante todo el tiempo que me quedaba en aquella cárcel de niños, que por cierto no iba a ser poco.


Documento acreditativo de nuestro internado.  















Capítulo I. Taberno en 1937, Almería (España)

DEDICATORIA   Portada libro Quiero dedicar mis memorias a las personas que me ayudaron en la desventura de mi vida, a m...