martes, 3 de julio de 2012

SEGUNDA PARTE. Capitulo XXIX. En un permiso conocí a la madre de mis hijos




Una noche vieja llegué a casa con quince días de permiso concedido por la marina, pero no esperaba encontrar la puerta cerrada y mi madre ausente, hacía mucho frío y me dirigí a la casa de una nueva vecina de mi madre a esperar su regreso. Me hicieron un buen recibimiento y me invitaron a cenar, cortesía que agradecí al encontrarme hambriento.
Pero lo que más llamó mi atención fue la hija de la vecina  que a sus quince años logro alterar las pulsaciones de mi corazón y pensé!!!
Como esta hermosa chiquilla me quiera será la madre de mis hijos!!! Tuve suerte, mi amor fue correspondido y celebremos nuestras nupcias al poco tiempo. Lo negativo  de nuestra precipitación, que durante un corto periodo de tiempo tuvo que quedar viviendo con sus padres al no disponer de recursos para pagar una vivienda.
Aún se complico más nuestro proyecto al contraer tuberculosis y mandarme a Madrid para ingresar en un sanatorio de la marina en la Sierra de Guadarrama.
Subí al tren en San Fernando que me condujo hasta Madrid y tuve la oportunidad de ver de nuevo a mi prima Otilia, de aquel día guardo un grato recuerdo, me invito a comer y estuvimos todo el día paseando y enseñándome la capital de España, después fuimos al cine a ver una película de humor y nos hicimos una fotografía que aún conservo en mi álbum.
Al día siguiente nos despedimos llorando y subí al tren para ingresar en el sanatorio.
Después de una revisión médica exhaustiva disminuyó mi inquietud, la sangre que a veces expulsaba por la boca se debía a la rotura de un capilar en el pulmón, que con un pequeño esfuerzo que realizara bastaba para provocar un pequeño derrame. Con reposo y unas pastillas “Diapasit” pronto sanaría.
Mi ingreso duro trece meses. La mejor época de mi vida militar. El trato era bueno y la comida abundante.
Uno de aquellos días recibí una carta de mi esposa y me hizo muy feliz, me comunicaba que iba a ser papá, la noticia fue causa de alegría pero también de tristeza, eran muchos los kilómetros que nos separaban cuando más me necesitaba.
Faltaba una semana para que naciera mi hijo y pedí un permiso al director del centro para estar a su lado en el momento del parto. En principio se opuso alegando que estaba allí para curarme, y que no existía ningún precedente que se hubiera dado permiso a un enfermo, no obstante, en un caso tan especial como el mío lo estudiaría y a la mayor brevedad me daría la respuesta.
Al día siguiente me llamó el director a su despacho para comunicarme que tenía siete días de permiso concedidos.
Hice la maleta lo más rápido posible y subí al tren para que me llevara a las personas  que más amaba.
Finamente llegó el día de parto y en recuerdo a mi difunto padre le pusimos por nombre Domingo. Mi felicidad era evidente, pero de la alegría pase a la tristeza, los siete días de permiso se habían agotado y debía volver al sanatorio sin falta.
Cumplidos los trece meses de mi estancia en aquel centro de enfermos me dieron el alta y nunca más me resentí de aquel problema. Como tenía derecho a elegir destino solicité El departamento marítimo de Cartagena, ciudad más próxima a la casa donde vivía mi esposa.
De camino a Cartagena me apee del tren antes de reincorporarme al destino para verles, aunque sólo pude estar con ellos un solo día por tener que presentarme en mi destino en la fecha indicada obligatoriamente.
Me quedaban tres meses para finalizar mi contrato con la Armada cuando empecé a buscar trabajo y vivienda en Cartagena para vivir los tres juntos.
De continuar en la Marina habríamos estado más tiempo separados por tener que volver de nuevo a San Fernando un año a la academia y otro de embarque.
El único trabajo que logre encontrar fue en las famosas minas de plomo de la Unión en Cartagena.
De vivienda encontré una pequeña casa y cuando me disponía ir en busca de mi familia recibí una carta que me rompió el corazón en mil pedazos. Mi esposa me comunicaba el fallecimiento de nuestro hijo.
Pedí en la empresa de trabajo permiso para traer a mi esposa y empezar una vida nueva juntos dentro de la desgracia.
¡¡¡Finalmente logremos poner fin a la distancia que nos separaba!!!
Trabajar en la mina resulto duro y mal pagado, con un sueldo de miseria que no llegaba para comer, mas el riesgo de contraer la silicosis si continuaba trabajando por un tiempo duradero.
Vi morir algunos compañeros a consecuencia del plomo en sus pulmones y fue cuando empecé sentir verdadera preocupación, ya que algunos de los que habían enfermado me aconsejaban:
Joven no te hagas viejo aquí si no quieres terminar como nosotros, aún estas a tiempo.
Sus consejos y el trabajo tan penoso fue la primer causa por la que me propuse cambiar de trabajo en la primera oportunidad que se me presentara.
Transcurridos ocho meses vino de Barcelona mi madre a vernos y no fue de su agrado que trabajara debajo de tierra.
Nos habló que la situación económica de mis hermanas era mejor que la nuestra, y en particular la de Isabel que se había casado. Nos contó que había dado a luz una niña muy guapa y le pusieron de nombre Ana, que además de tener una casa para vivir no les faltaba dinero para comer y vestir, y que dejara aquel trabajo tan penoso y nos fuéramos a Barcelona que había más oportunidades y podríamos trabajar los dos.
Con los consejos de mi madre y las ganas que tenía de salir de la mina se colmó el vaso de mi paciencia y nos trasladamos a Barcelona.




Mina de plomo en La Unión (Cartagena)



Capítulo I. Taberno en 1937, Almería (España)

DEDICATORIA   Portada libro Quiero dedicar mis memorias a las personas que me ayudaron en la desventura de mi vida, a m...